En el año 1512, veinte años después de la unificación
de España por los Reyes Católicos, se produce la
invasión y conquista, por las tropas del Duque de
Alba, de Navarra, reino que se extendía a ambos lados
de los Pirineos. En los años siguientes, se producen
varios intentos de recuperar el territorio navarro por
parte de sus reyes legítimos, llegando éstos a
reconquistar todo el territorio en el año 1521, pero
la batalla de Noáin supone la derrota definitiva de
Navarra. Ésta es anexionada a la Corona de Castilla,
abandonando las tropas españolas hacia 1530 la Navarra
continental "porque no resultaba fácil de defender".
De esta manera recibe Navarra un doble castigo: se
divide el reino en dos y se obliga a los navarros
peninsulares a formar parte, a la fuerza, del Estado
invasor.
No era la primera vez que los ejércitos castellanos y
aragoneses invadían Navarra. Los reyes de Navarra
sortearon, en varias ocasiones, las amenazas de
invasión por parte de sus poderosos vecinos, pero en
el año 1198, los reyes de Castilla y Aragón acuerdan
un ataque conjunto contra Navarra y el reparto del
reino. Fruto de este acuerdo, las tropas castellanas
invaden Navarra conquistando, en el año 1200, los
territorios de Álava, Guipúzcoa y el Duranguesado,
perdiendo el Reino de Navarra un 30% de su territorio,
un territorio propio que jamás recuperó.
Fernando el Católico se tituló rey de Navarra, por
derecho de conquista, despojando del trono a sus reyes
legítimos, los Albret, los cuales recuperaron la
Navarra continental, cuando ésta fue abandonada por
los españoles, en tiempos de Carlos I. Ya en el año
1624, el conde-Duque de Olivares recordaba a su rey
Felipe IV "que todos sus Estados procedían de herencia
legítima, salvo Navarra y los territorios de Indias,
que fueron conquistados". Los reyes legítimos navarros
pasaron a ser, por herencia, también reyes de Francia,
titulándose hasta la Revolución francesa reyes de
Francia y de Navarra. En el año 1659, por el Tratado
de los Pirineos, Luis XIV, rey de Francia, renuncia a
sus derechos sobre la Navarra peninsular. Este tratado
supuso la partición definitiva de Navarra.
La Navarra peninsular pasó de ser un reino
independiente a reino dependiente y sometido a España.
En el siglo XIX, la primera guerra carlista
(1833-1840) supone la pérdida para la Navarra
peninsular de su condición de reino. Pasa de reino a
provincia. La Ley Paccionada de 16 de agosto de 1841
instaura lo que se ha denominado "régimen foral", se
le obliga a Navarra a renunciar a su condición de
Reino a cambio de cierta autonomía. Era de esperar
que, tarde o temprano, el viejo reyno acabaría siendo
un territorio más del Estado invasor.
La Navarra actual hunde sus raíces en el siglo XIX. La
vigente Ley de Reintegración y Amejoramiento del
Régimen Foral, del año 1982, es una actualización de
la Ley Paccionada de 1841, con lo que se puede
concluir que el régimen foral de Navarra es claramente
preconstitucional. En el preámbulo de la ley de 1982
se dice que Navarra se incorporó a España, manteniendo
su condición de reino, es decir, siendo una nación.
Con estos antecedentes, es lógico y natural que el
viejo reyno desee mantener su propia identidad y no
quiera integrarse en ninguna otra entidad. Ahora bien,
en los últimos años, en Navarra, se ha confundido la
defensa de su identidad con un antivasquismo feroz,
por miedo a la integración en Euskadi, y ello ha
desembocado en una peligrosa política de represión de
la lengua vasca por parte de los dirigentes navarros.
En Navarra existe la única Administración pública de
Europa que legisla en contra de su propia lengua: el
euskera, la lingua navarrorum, sólo es lengua oficial
en la zona norte de Navarra. La fobia a Euskadi oculta
un ancestral miedo a volver a ser anexionados. No
vemos en los alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos a
otros navarros, conquistados por el mismo Estado, no
vemos en ellos a nuestros hermanos, sólo vemos el
peligro de la anexión. El miedo alienta un navarrismo
ultramontano, un navarrismo esquizofrénico. Navarra
lleva muchos siglos a la defensiva y se va creando una
personalidad autista, cerrada. Hoy, Navarra, está más
aislada que nunca. ¿Por qué no reivindica el Gobierno
de Navarra las tierras navarras del otro lado de los
Pirineos?
Navarra no es Euskadi, dicen los navarristas, Navarra
es Navarra. Hemos conseguido crear, dentro del mismo
pueblo, dos instituciones antagónicas. Qué error fue
la creación del concepto político de Euskadi, porque
ya existía Navarra. Qué error de una parte de nuestro
pueblo de pretender integrar al resto como sea. Qué
imagen más penosa la del Gobierno de Navarra y el
Gobierno vasco, ignorándose, despreciándose
mutuamente, incapaces de hablar de las muchas cosas en
común que compartimos vascos y navarros, de los
problemas que nos afectan a todos nosotros, de los
fueros, de la historia, del futuro.
La raíz del conflicto vasco no radica tanto en la
colonización del país por los Estados español o
francés como en la quiebra de su territorialidad, en
su división. La conquista de Navarra fue traumática
para los navarros porque fue dividida en dos. Y a su
vez, los vascongados anhelan formar una entidad
política que englobe a todos los vascos y navarros. Es
razonable sospechar que, entre otras causas, por la
persistente división de la territorialidad de este
pueblo antiguo naciera ETA. ETA no es sólo una
organización armada (nos ahorramos más epítetos para
abreviar), ETA es la punta del iceberg del conflicto
vasco. Somos un pueblo dividido, crispado. No me cabe
la menor duda de que ETA se daría con un canto en los
dientes y se disolvería mañana mismo si España y
Francia garantizasen la existencia de una única
entidad política (llámese región, departamento o
nación, igual da) que englobase a todos los vascos y
navarros. Navarra debe entrar en ese escenario de paz
que se avecina. La mayor aportación de Navarra a la
solución del conflicto vasco es ofrecer a los
vascongados y vasco franceses la recuperación de su
condición política de navarros. Una Navarra unida y
plural en la que todos los vascos se sientan a gusto y
satisfagan sus aspiraciones de libertad. Pero antes,
tenemos que derribar, entre todos, ese telón de acero
que nos divide, que divide nuestra tierra común.
Hoy, en pleno siglo XXI, y dentro de la Unión Europea,
se mantiene la misma división de Navarra y pervive el
conflicto de siempre. ¿Existe solución al problema
vasco? No es tarea sencilla, pero tampoco imposible.
Francia y España deben acomodar su principio
fundamental de la integridad territorial y colaborar
en la reunificación de Navarra. Que alguien tome la
iniciativa para resolverlo. El Gobierno de Navarra y
el Gobierno vasco deben iniciar un diálogo fructífero
y elevar una propuesta conjunta a los dos Estados
implicados. Francia y España no se pueden lavar las
manos y mirar hacia otro lado.
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