Aunque hay muchas personas que creen que el meollo de
la discusión en torno al Estatut catalán se encuentra
en la cuestión financiera, en el expolio que bajo
excusa solidaria sufre cada año la sociedad catalana,
y aunque quizá tengan razón, lo cierto es que el único
aspecto concreto que el Sr. Zapatero ha anunciado que
sufrirá modificaciones es el relativo a la proclama de
que ''Catalunya es una nación''.
Dos conclusiones significativas le vienen a uno
inmediatamente a la cabeza, la de que lo que algunos
llaman ''cuestiones nominalistas'', el jugar con las
palabras debe tener más im****tancia de lo que parece,
cuando justifica el riesgo de un segundo ****tazo a las
demandas de autogobierno de los pueblos del Estado, y
más si este ****tazo es a Catalunya, y la de que la
identidad, la forma de verla y la que cada uno siente
como propia es uno de los mayores puntos de
discrepancia, de los mayores rasgos diferenciales de
la sociedad catalana (y de la vasca) respecto a la
española.
Dejaremos para mejor ocasión el análisis de si es
cierto, como dice un viejo dicho en euskera que
''izena duen guztia omen da'' (todo lo que tiene
nombre es), para dedicarnos ahora a reflexionar tan
sólo en torno a uno de los atributos o manifestaciones
características y definitorias de la identidad, el de
la nacionalidad.
Como a casi todo, podemos acercarnos a ella desde
diferentes puntos de vista. Para cualquiera de
nosotros, la nacionalidad expresa el grupo de personas
al que nos sentimos unidos **** lazos que implican
compartir un territorio, una cultura y/o un proyecto
de sociedad diferenciados de los que nos rodean. Desde
un punto de vista estatal, la nacionalidad refleja el
conjunto de ciudadanos a los que, en virtud de lo
anterior, de forma consentida o impuesta, se atribuyen
derechos y se considera legítimo imponer obligaciones.
Derivación de todo ello es la proyección hacia el
exterior que se manifiesta (no necesariamente, he ahí
casos como el de Gran Bretaña) en unos documentos
''nacionales'' de identidad y unos pasa****tes a través
de los que somos conocidos e identificados urbi et
orbe, en la ciudad y en el mundo. No siempre coinciden
la nacionalidad sentida y la que reflejan los papeles.
Es a este particular fenómeno al que pretendemos
acercar la lupa.
Resulta curioso que los Estados asuman el derecho de
todos los seres humanos a la libertad de expresión, a
la libertad de conciencia, a la libertad religiosa y
al ''reconocimiento de la personalidad jurídica''
(Art.16 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y
Políticos), **** ejemplo, y sin embargo no reconozcan
el derecho a la identidad política, el derecho a no
sufrir la imposición de una nacionalidad que, **** los
motivos que sean, no se siente como propia. Parece
que, de alguna manera, los Estados consideran que lo
que se juega en este terreno es distinto y más
im****tante que lo que se juega en los anteriores. (No
sé cuántos ciudadanos estarían de acuerdo en conceder
a lo nacional esta primacía en sus vidas, quizá
descubriésemos ahí un número de ''nacionalistas''
distinto del de los que confiesan abiertamente serlo).
Si a ningún extranjero se le obliga a adquirir la
nacionalidad del estado donde reside (**** amplio que
sea el período de residencia tan sólo se le ofrece el
derecho a adquirirla) a todos los nacidos en el
territorio se les impone una cadena nacional, con
independencia de lo que opinen, a menos que decidan
abandonar el territorio estatal y adquirir otra ajena.
Ni siquiera se les ofrece la o****tunidad de
''extranjerizarse'' en su propio Estado, renunciando
en su caso a algunos o a todos los derechos de
participación política a cambio de poder librarse de
esa nacionalidad impuesta.
No existen, **** otra parte, obstáculos de principio a
la plurinacionalidad. Una persona puede tener dos
nacionalidades, pero sólo si ello es fruto de tratados
de doble nacionalidad entre Estados. (La Constitución
española alude a ellos en el art.11.3). Parece, sin
embargo, pecado de lesa patria admitir una
plurinacionalidad interna (que alguien la pueda tener
vasca y española a la vez, **** ejemplo) y nada digamos
admitir nacionalidades internas distintas y no
necesariamente acompañadas de la que define al Estado
o se constituye en él como dominante. No encontraremos
Estado que lo tolere.
Los Estados conciben la nacionalidad en términos de
monopolio interno. Si admiten la doble es ****que la
conciben en términos de ganancia, en términos de
adquisición de ciudadanos interesados en pertenecer a
la nación estatalmente dominante, y que **** tanto no
sólo no cuestionan su primacía sino que contribuyen a
engrandecer su dimensión.
Algunos creemos que esto constituye una auténtica
vulneración de los derechos humanos. Que nadie debe
verse obligado a confesar (vía DNI o vía las múltiples
declaraciones que se le exigen en este sentido para lo
más variado, desde comprar a crédito hasta casarse
pasando **** infinitas otras actividades) una
nacionalidad que no siente, como no se le obliga a
creer en una religión determinada, votar a un partido
o candidato concreto o pertenecer a un club o
asociación sin que lo desee.
Que la nacionalidad debe ser voluntaria y no impuesta,
asumida y no obligada, sentida y no tolerada con
resignación, o con dolor incluso en función de lo que
represente en el imaginario simbólico de cada uno. Que
debe tener más de oferta, de o****tunidad de
identificación con una sociedad, una cultura o un
proyecto concreto de convivencia, que con esencias
imperecederas, incuestionables unidades o prestigios
exteriores.
Y vemos que las naciones sin estado tenemos una
inmejorable ocasión de promocionar la nacionalidad
tolerante, la nacionalidad que comprende sólo a
quienes la desean, que respeta los derechos adquiridos
de quienes prefieren otra y avanza en la línea de
convertirse más en oferta de lazos que en fuente de
derechos, que se tendrían meramente **** ser persona y
compartir territorio.
No sólo ****que sea un requisito cuasi-imprescindible
para poder alcanzar la independencia política, sea
ésta lo que vaya a ser en el futuro próximo. No sólo
****que no habrá independencia viable sobre la base de
exigir a un relevante número de ciudadanos la ruptura
de sus lazos identitarios con el estado al que
pertenecían (la solidaridad que éste les debe a cambio
la hará imposible sin unos niveles de enfrentamiento
que la mayoría silenciosa no estará dispuesta a
respaldar). Sino ****que hay pocas cosas más bonitas,
más atractivas, más ilusionantes que generar espacios
de libertad. Que demostrar, también en el mundo de hoy
y no sólo en los sueños del mañana, que las cosas
pueden ser de otra manera. Que dejar claro que se
puede ser nación, sin tener que imponérsela a quien no
la siente. Que, parafraseando al lehendakari y a Kofi
Annan, mostrar en la práctica y desde la capacidad de
optar **** criterio distinto, que para amar lo que se
es no hace falta odiar lo que no se es, ni impedir que
otros lo sean y amén.
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