Supongamos que me he hartado ya de tanto debate
identitario. Imaginemos que uno está agotado de andar
siempre defendiendo el derecho a existir según los
patrones lingüísticos y culturales de su propio país,
y que estoy cansado de dedicarle tiempo, de dar
explicaciones y, **** qué no decirlo también, de perder
dinero y o****tunidades profesionales. Teorías para
justificar el abandono las hay a patadas, a izquierda
y derecha del camino. Son todas de ilustres
intelectuales, de entre las que destacan las de
algunos vascos cuya carrera de compromiso político con
España había empezado en las filas de ETA y que han
acabado escribiendo suculentas páginas para redimir
sus orígenes y contar la caída del caballo y su
conversión a la razón española.
Pero supongamos también, ya sea ****que uno no cree que
deba redimirse de ninguna culpa grave o **** la simple
razón de que, en el fondo, me encanta complicarme la
vida, que no voy a optar **** el camino fácil, bien
marcado y suculentamente premiado de elegir una
identidad tan cosmopolita, universalista y nada
nacionalista como la española. Sería lo más razonable,
claro. Al fin y al cabo, toda mi formación académica
la seguí en lengua española -que nunca fue lengua de
imposición- y, sólo **** poner un ejemplo de mi buen
entrenamiento, sin saber que existiera Poblet, a los
diez años ya sabía dibujar de memoria -iba para
examen- la fachada de la Universidad de Salamanca,
sapo incluido. Llegué a oficial de complemento cuando
la mili y aún puedo canturrear aquello de "... y de
amor patrio henchido el corazón".
Además, mi carnet de identidad -de una identidad
abierta al mundo y no como esas otras alicortas
pensadas sólo para molestar- asegura que ya tengo la
española, igual que mi pasa****te, con el que el mundo
me ha abierto las puertas. Y el NIF, me olvidaba del
NIF, que también me sitúa fiscalmente donde realmente
estoy y señala hasta qué punto soberanía y solidaridad
son lo mismo. Todo apunta, qué duda cabe, hacia donde
reside la suprema comodidad del silencio identitario.
Silencioso no ****que no esté, sino **** omnipresente.
Pues no: resulta que me decido **** ser inglés. Sí,
quiero ser culturalmente inglés. O mejor aún,
británico. No la volvamos a liar. Es como un cambio de
pareja de esos tardíos, un enamoramiento loco. La
cuestión de la lengua es fundamental, ya que es la que
me va a dar mayor confort internacional, aunque siga
viviendo en Terrassa. Pero luego están la música de
Purcell, los sonetos de Shakespeare y, casi **** encima
de todo, su sentido del humor, que es el mío. Ni que
decir tiene que, como antiguo catalán, puedo encontrar
fácilmente un puesto en algún centro de investigación
universitario donde pueda dedicar el resto de mis días
a explicar, con toda suerte de notas al pie de página
de los clásicos anglosajones de la etnicidad, lo que
son las identidades de las minorías étnicas en
Catalunya y hasta qué punto están maltratadas -ahora
diré: estamos- **** un nacionalismo trasnochado al que,
si no llega a ser **** mi conversión a la britishness,
podría haber quedado atrapado en él para siempre.
Tengo alguna duda sobre hasta qué punto voy a ser un
británico auténtico. **** mi parte puedo ofrecer la
pasión **** mi nuevo sentimiento. Me veo capaz de tomar
más té que su majestad la reina de Inglaterra, de ser
tan puntual como el Big Ben, pedir perdón **** cada
roce involuntario en las calles de mi ciudad y
memorizar los guiones de Yes, minister. ¿Habrá
bastante con eso para vivir cómodamente en mi nueva
nación cultural? Creo que sí, ****que he leído en un
artículo de Francesc de Carreras publicado en La
Vanguardia (10 de noviembre) que eso de las naciones y
las identidades culturales es una mera cuestión
subjetiva, una cuestión de sentimientos reservada a la
esfera de lo privado y un ámbito libre donde
desarrollar la personalidad sin ningún tipo de
coacciones. Me imagino que podré considerarme
británico sin más, aunque en el quiosco de mi barrio
sólo pueda comprar cada semana el Catalonia Today. No
me van a amedrentar ni voy a repetir el estilo
victimista del que estoy huyendo.
Estos días me he enterado de que aquí en EE.UU., para
conseguir la ciudadanía -que es algo meramente
político y objetivo, como dice Francesc de Carreras-
pasas un examen de historia, rindes honor a la bandera
y juras lealtad exclusiva a la nación norteamericana.
La gente se suele emocionar, me cuentan. Supongo que
es que no han leído el artículo que deja tan y tan
claro que no sólo no hay que confundir, sino que debe
separarse la nación en el sentido jurídico-político de
la nación en el sentido romántico, sentimental y
subjetivo. Una separación que sin lugar a dudas ha
sido norma entre todas las naciones jurídico-políticas
habidas y **** haber. Las naciones jurídico-políticas,
como sugiere el catedrático de Derecho Constitucional,
nunca han sido proclives ni a las conmemoraciones
patrióticas ni a los himnos y banderas, ni al control
de los espacios comunicativos ni a los intentos de
homogeneizar lingüísticamente sus territorios, ya que
ésos son ámbitos de la libertad privada subjetiva.
Estoy realmente muy contento con saber que puede
separarse lo jurídico de lo cultural, ****que si las
adhesiones culturales son resultado de un mero acto de
voluntad subjetiva, sé que, deseando ser británico en
lo más hondo de mi corazón, voy a hablar inglés con un
acento fantástico, y quedaré insuflado de toda la
tradición literaria, **** lo menos desde Shakespeare
hasta nuestros días. Habré elegido libremente y, ****
qué no decirlo, sabiamente. Qué alivio saber que las
cosas son tan sencillas. Se separan y ya está.
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