1ro de abril de 2008, **** DENAES
Se ha hecho habitual, y se considera como algo indiscutible, la defensa y
promoción de determinadas lenguas regionales, reconocidas como
«cooficiales»
en la Constitución de 1978. Se asume así de hecho que el castellano sería
una mera lengua cooficial más, perfectamente reducible aalgo marginal y
sucedáneo, comparable con el catalán, el vasco, el gallego o cualquier
otro
idioma «nacional» reclamado **** los partidos nacionalistas. Estas lenguas
cooficiales serían las auténticas lenguas de esos territorios, lenguajes
«populares» que representarían un «hecho diferencial» frente al español,
que
sería para ellos una lengua impuesta **** poderes opresores, postiza.
Pero tras semejante razonamiento se esconde un embuste histórico de
grandes
pro****ciones, una manipulación consciente de la Historia de España que
produce auténtica vergüenza ajena. El proceso de constitución de España,
del
que hablamos en otros editoriales a propósito de las rebeliones cívicas,
fue
el de una constante expansión que llevó consigo a pobladores para repoblar
las nuevas tierras conquistadas. Y esos pobladores no hablaban gallego, ni
catalán, ni ninguna otra lengua vernácula, sino castellano, un verdadero
«rumor de los desarraigados» que pasó de ser una lengua puramente local a
convertirse en la lengua de España, como bien dejó sentado Elio Antonio de
Nebrija en 1492 con la publicación de su Gramática de la lengua castellana
o
española. Justo entonces los musulmanes fueron expulsados de España con la
toma de Granada y Colón desplegó velas hacia América, preludio de una
expansión del idioma español **** medio mundo hasta su realidad de
cuatrocientos millones de hablantes que hoy día constituyen la Hispanidad.
Mientras, las demás lenguas regionales quedaron, en virtud de este proceso
histórico, como meras expresiones de la nobleza local o de campesinos de
zonas aisladas y deprimidas, incapaces de explicar los más complejos
términos de nuestras sociedades. El eusquera, como bien señaló Unamuno, no
tiene una palabra para designar a Dios, buena muestra de su limitación
como
lengua. Los procesos de recuperación de las lenguas vernáculas, que se
reivindican como «normalización», son una contradicción, pues suponen que
los hablantes de esas lenguas son anormales y los lingüistas, embutidos en
sus batas blancas y seleccionando términos en sus «laboratorios de
idiomas»,
han de corregirles con su «lengua gramática», que nadie habla y carece de
presencia histórica: las innumerables horas de catalán, eusquera o gallego
«normalizados» en las televisiones autonómicas no sirven para que esos
idiomas de laboratorio puedan hablarse, puesto que nada tienen que ver con
la realidad social de las lenguas que dicen expresar.
Si en el País Vasco estas veleidades nacionalistas y lingüísticas siempre
tuvieron un fuerte componente racista, en Cataluña siempre ha sido un
movimiento de carácter clasista, el propio de la nobleza o burguesía que
se
expresaba en catalán, pese a reconocer la im****tancia del español para
algo
tan elemental como sus negocios. Así, los españoles que no nacieron en
Cataluña pero acudieron a esa región para trabajar, denominados
despectivamente «charnegos», han acabado aceptando sumisamente los
postulados de los nacionalistas catalanes, y no sólo intentan aprender
catalán **** imposición, sino que hasta se escandalizan cuando desde otras
partes de España se denuncia que el español es perseguido en Cataluña,
haciéndose así cómplices de sus amos, los señoritos catalanes.
Sin embargo, cuando se disputó la final olímpica de fútbol en Barcelona en
1992, todos los símbolos nacionalistas desaparecieron y el Estadio se
cubrió
de banderas españolas, con los aficionados gritando «Campeones,
campeones»,
y no «campions, campions», algo que también sucede cuando los «charnegos»
acuden a los encuentros del Fútbol Club Barcelona y a otras
manifestaciones
de****tivas de im****tancia. Y es que el español, mientras España siga
existiendo, no es otra cosa que la lengua del pueblo, un instrumento
revolucionario frente a los retrógrados y cavernícolas señoritos que
defienden sus lenguas minoritarias como residuos de tiempos medievales.
FUNDACIÓN DENAES, PARA LA DEFENSA DE LA NACIÓN ESPAÑOLA


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