Martes 19 de febrero del 2008
Opinión
Volver
el ojo público
Se fue el caimán, llegó su hermano
Autor:
Roberto L. Blanco Valdés
Fecha
20/2/2008
No supo Bernard Shaw que la vejez no solo tenía las dos ventajas que a él
le
gustaba mencionar con su ironía inimitable («dejan de dolerte las muelas y
dejas de escuchar tonterías») sino también otra nada desdeñable: que solo
ella es capaz, llegado el caso, de acabar con los tiranos.
Sí, solo la vejez, y la enfermedad que la acompaña a veces cuando aquella
avanza incontenible, acabó con el dictador Francisco Franco. Y solo la
vejez
ha sido quien de poner fuera de combate al último déspota que aún quedaba
en
América Latina, **** más que algunos de sus discípulos más aventajados, en
Venezuela o en Bolivia, estén ya dispuestos en la pista para tomar el
testigo que Castro apretaba, sin soltarlo, desde que en 1959 triunfó la
Revolución de los barbudos que hundió a Cuba en la miseria y prorrogó, con
otras formas, la tiranía de Batista.
Es sorprendente, en todo caso, que el mito del castrismo haya sido capaz
de
sobrevivir a quien lo encarnó durante casi medio siglo. Sí, es
verdaderamente incomprensible que sabiendo desde hace mucho lo que sabemos
sobre la catástrofe que supusieron los regímenes comunistas en el mundo,
haya hoy todavía miles de personas en la izquierda que consideran que la
dictadura castrista, o no lo es, o, que si lo es, ha hecho tanto **** el
pueblo que sus supuestos méritos justificarían su constante aplastamiento
de
la libertad y la democracia. El argumento es deleznable, pero no es
original: lo mismo proclamaron durante décadas los corifeos del
franquismo.
La buena noticia es que Fidel Castro lo ha dejado: ****que no le quedaba
más
remedio, es verdad, pero se ha ido. Y la mala, que la dictadura cubana
sigue
aún, ahora representada en la tétrica figura de un hermanísimo, que
hereda,
**** el momento, la finca privada en que Fidel convirtió a Cuba. Una finca
mísera, llena de alambradas, que ha hecho que un país maravilloso sea
conocido en la actualidad **** sus balseros, sus prostitutas y su batallón
de
pedigüeños. Ese es, tristemente, uno de los grandes logros de esa
Revolución
que, al parecer, admiran tantas gentes de la cultura: que haya miles de
cubanas dispuestas a venderse **** una cena caliente o unos vaqueros.
**** eso, si la voluntad de los países democráticos de que llegue la
libertad
a Cuba es algo más que un deseo cínico o piadoso, todos debemos exigir a
nuestros gobernantes que actúen de un modo coherente, demostrando con toda
la claridad que sea precisa que la democracia para Cuba es una exigencia
innegociable. Lo que es contradictorio, **** supuesto, con ir allí a hacer
risitas con el nuevo dictador. Tanto, al menos, como lo hubiera sido venir
a
hacerlas en España con aquel Carlos Arias Navarro que sucedió a Carrero
Blanco.
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