La semana internacional
El d=EDa que me quieras
Las elecciones primarias despertaron una s=FAbita ola de simpat=EDa ****
los EE.UU.
Domingo 10 de febrero de 2008
En los tempranos sesenta, los mexicanos concluyeron que los Estados
Unidos ten=EDan **** primera vez un presidente parecido a ellos: John F.
Kennedy era cat=F3lico; profesaba su misma fe. No hubo desde entonces
otro con el cual compartieran rasgos en com=FAn, m=E1s all=E1 de la
cu=F1ada mexicana de George W. Bush (Columba, esposa de su hermano Jeb,
ex gobernador de Florida). Con Bill Clinton tuvieron un romance:
soslay=F3 a la oposici=F3n republicana del Capitolio para rescatar al
pa=EDs de la embriaguez financiera provocada **** el efecto tequila en
1994.
Aquel gesto, as=ED como su pol=EDtica migratoria, deber=EDa ser
capitalizado **** su mujer, Hillary, entre los mexicanos que,
nacionalizados norteamericanos, votan en las primarias dem=F3cratas. Lo
capitaliz=F3 en California y otros estados con poblaci=F3n hispana.
Pero, si de identificaci=F3n se trata, los mexicanos advierten en su
adversario, Barack Obama, un atributo m=E1s cercano: tiene la piel de
color canela, como la venerada Virgen de Guadalupe. =BFPara qu=E9 te voy
a decir que no, si s=ED?, suelen decir. Y algunos, sobre todo aquellos
que viven fuera de los Estados Unidos, se inclinan **** =E9l. Cr=E9ase o
no, las primarias dem=F3crata y republicana hicieron m=E1s **** los
Estados Unidos que el aparato gubernamental y propagand=EDstico puesto
al servicio de una causa: mejorar en el exterior una imagen que, durante
la presidencia de Bush, se vio seriamente da=F1ada **** su respuesta al
terrorismo. Una imagen m=E1s asociada, desde la voladura de las Torres
Gemelas, con las mentiras de Irak, los horrores de Guant=E1namo y el
odioso muro que tienden frente a M=E9xico que con la inmunidad alcanzada
frente a la amenaza de atentados en su territorio. Ning=FAn pa=EDs
recupera en un mes aquello que perdi=F3 en casi ocho a=F1os. Lejos
qued=F3 el brillo del siglo XX, denominado siglo de oro. Desde el
comienzo de las primarias, sin embargo, despunt=F3 una t=EDmida se=F1al
de reconciliaci=F3n externa que encontr=F3 eco en una corriente de
admiraci=F3n y envidia (s=ED, envidia) **** la correcci=F3n de los
debates, los actos, los comicios y los candidatos. Algunos de ellos, a
la luz de los resultados parciales y de sus perspectivas remotas,
despejaron el camino para que otros, como John McCain entre los
republicanos, apunten directamente a las presidenciales del 4 de
noviembre.
Esa generosidad y astucia, poco frecuente en otras latitudes,
despert=F3, o espabil=F3, una incipiente ola de simpat=EDa **** los
Estados Unidos, inusual en el gobierno de Bush. Despert=F3 simpat=EDa y,
acaso, envidia. La envidia no siempre es mala: puede ser el deseo
honesto de imitar alguna cualidad que otro posee. Y es, tambi=E9n, la
base de la democracia. Lo dej=F3 escrito Bertrand Russell: dec=EDa que
las mujeres compiten entre s=ED y que los varones, **** regla general,
s=F3lo experimentan ese sentimiento hacia los varones que ejercen su
misma profesi=F3n.
La envidia no alent=F3 a Hillary a competir con otras mujeres ni a Obama
a experimentar ese sentimiento hacia sus pares. Las primarias no tienen
***o ni color ni edad, sino diversidad y contrastes. La mera posibilidad
de que una mujer experimentada (Hillary), un joven afroamericano (Obama)
o un veterano de Vietnam en edad de retiro (McCain), senadores todos
ellos, llegue a ser el primer presidente en su tipo de los Estados
Unidos capta la atenci=F3n internacional. ****que, en realidad, los
norteamericanos no eligen a los dos candidatos a presidente de su
pa=EDs, sino al presidente del pa=EDs que, **** varias razones, puede
regir los destinos del planeta. De ah=ED la trascendencia y, en cierto
modo, la comparaci=F3n con el proceso, si lo hay, en otros pa=EDses.
Todo el mundo, en teor=EDa, querr=EDa votar a la persona m=E1s poderosa
de la Tierra. En momentos excepcionales surgen l=EDderes excepcionales.
A veces, a pesar de la envidia. Russell supon=EDa que Napole=F3n
envidiaba a C=E9sar, que C=E9sar envidiaba a Alejandro y que Alejandro
envidiaba a H=E9rcules, que nunca existi=F3. En una circunstancia
especial, como la que atraviesan los Estados Unidos con su bajo =EDndice
de popularidad **** arrogancia y desd=E9n, una parte del planeta mira con
recelo y la otra mira con envidia las primarias. Y, de pronto, cambia la
impresi=F3n. Llueven los elogios.
Sea Hillary, Obama o McCain el sucesor de Bush deber=E1 lidiar con retos
fenomenales, como la econom=EDa dom=E9stica, los planes de salud, la
inmigraci=F3n, el terrorismo, el desenlace de Irak, el desaf=EDo de
Ir=E1n, el conflicto de Medio Oriente, el caos de Paquist=E1n, el
embrollo de Afganist=E1n, las pretensiones de Rusia, las ambiciones de
China y los estragos del calentamiento global, entre otros. El
supermartes o martes tsunami, con poco menos de la mitad de los estados
del pa=EDs en juego, resolvi=F3 poco y nada. Entre los republicanos,
McCain procura ser el reverso de Bush, **** m=E1s que haya propiciado el
refuerzo de las tropas en Irak. Entre los dem=F3cratas, Obama pretende
ser el ap=F3stol del cambio, al igual que JFK en su tiempo. Vaya
coincidencia: los mexicanos perciben en =E9l un aire familiar y, a su
vez, el clan Kennedy apoya su candidatura. =BFPara qu=E9 te voy a decir
que no, si s=ED?, pues.
**** Jorge El=EDas
De la Redacci=F3n de LA NACION


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