****: Eduardo Galeano /
Fecha de publicaci=F3n: 25/03/08 /
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de
todos.
Esta civilizaci=F3n no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a
la gente.
En los invernaderos, las flores est=E1n sometidas a luz continua, para
que crezcan
m=E1s r=E1pido. En las f=E1bricas de huevos, las gallinas tambi=E9n tienen
prohibida la
noche. Y la gente est=E1 condenada al insomnio, **** la ansiedad de
comprar y la
angustia de pagar.
La explosi=F3n del consumo en el mundo actual mete m=E1s ruido que todas
las
guerras y arma m=E1s alboroto que todos los carnavales. Como dice un
viejo
proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal
parece no
tener l=EDmites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de
consumo suena
mucho, como el tambor, ****que est=E1 vac=EDa; y a la hora de la verdad,
cuando el
estr=E9pito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo,
acompa=F1ado ****
su sombra y **** los platos rotos que debe pagar.
La expansi=F3n de la demanda choca con las fronteras que le impone el
mismo
sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez m=E1s
abiertos y m=E1s
amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que
anden ****
los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la
fuerza
trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus
imperiosas
=F3rdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni
modo: Para
casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del
televisor. La
mayor=EDa, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada m=E1s
que deudas
para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo
fantas=EDas que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de
todos. Dime
cu=E1nto consumes y te dir=E9 cu=E1nto vales. Esta civilizaci=F3n no deja
dormir a las
flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las
flores est=E1n
sometidas a luz continua, para que crezcan m=E1s r=E1pido. En las
f=E1bricas=
de
huevos, las gallinas tambi=E9n tienen prohibida la noche. Y la gente
est=E1
condenada al insomnio, **** la ansiedad de comprar y la angustia de
pagar. Este
modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la
industria
farmac=E9utica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiol=EDticos y dem=E1s drogas
qu=EDmicas que
se venden legalmente en el mundo, y m=E1s de la mitad de las drogas
prohibidas que
se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta
que EEUU
apenas suma el cinco **** ciento de la poblaci=F3n mundial.
=ABGente infeliz, la que vive compar=E1ndose=BB, lamenta una mujer en el
barrio del
Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el
tango, ha
dejado paso a la verg=FCenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre
hombre.
=ABCuando no ten=E9s nada, pens=E1s que no val=E9s nada=BB, dice un
muchacho=
en
el barrio
Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad
dominicana de San
Francisco de Macor=EDs: =ABMis hermanos trabajan para las marcas. Viven
comprando
etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas=BB.
Invisible
violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y
la
uniformidad manda. La producci=F3n en serie, en escala gigantesca,
impone en todas
partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la
uniformizaci=F3n
obligatoria es m=E1s devastadora que cualquier dictadura del partido
=FAnico:
impone en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres
humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilizaci=F3n, que
confunde la
cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena
alimentaci=F3n.
Seg=FAn la revista cient=EDfica The Lancet, en la =FAltima d=E9cada la
=ABobesidad severa=BB
ha crecido casi un 30 % entre la poblaci=F3n joven de los pa=EDses m=E1s
desarrollados. Entre los ni=F1os norteamericanos, la obesidad aument=F3 en
un 40% en
los =FAltimos diecis=E9is a=F1os, seg=FAn la investigaci=F3n reciente del
Ce=
ntro
de
Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El pa=EDs que
invent=F3 las
comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene
la mayor
cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar s=F3lo se baja del
autom=F3vil
para trabajar y para mirar televisi=F3n. Sentado ante la pantalla chica,
pasa
cuatro horas diarias devorando comida de pl=E1stico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria est=E1
conquistando los
paladares del mundo y est=E1 haciendo trizas las tradiciones de la
cocina local.
Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos
pa=EDses,
miles de a=F1os de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio
colectivo que de
alguna manera est=E1 en los fogones de todos y no s=F3lo en la mesa de los
ricos.
Esas tradiciones, esas se=F1as de identidad cultural, esas fiestas de la
vida,
est=E1n siendo apabulladas, de manera fulminante, **** la imposici=F3n del
saber
qu=EDmico y =FAnico: la globalizaci=F3n de la hamburguesa, la dictadura de
la fast food. La plastificaci=F3n de la comida en
escala mundial, obra de McDonald's, Burger King y otras f=E1bricas,
viola
exitosamente el derecho a la autodeterminaci=F3n de la cocina: sagrado
derecho,
****que en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de f=FAtbol del 98 nos confirm=F3, entre otras
cosas, que la
tarjeta MasterCard tonifica los m=FAsculos, que la Coca-Cola brinda
eterna
juventud y que el men=FA de McDonald's no puede faltar en la barriga de
un buen
atleta. El inmenso ej=E9rcito de McDonald's dispara hamburguesas a las
bocas de
los ni=F1os y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa
M sirvi=F3
de estandarte, durante la reciente conquista de los pa=EDses del
Este de Europa. Las colas ante el McDonald's de Mosc=FA, inaugurado en
1990 con
bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta
elocuencia
como el desmoronamiento del Muro de Berl=EDn.
Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna las virtudes del
mundo libre,
niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ning=FAn sindicato.
McDonald's
viola, as=ED, un derecho legalmente consagrado en los muchos pa=EDses
donde opera.
En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la
Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restor=E1n de Montreal en
Canad=E1: el
restor=E1n cerr=F3. Pero en el 98, otros empleados de McDonald's, en una
peque=F1a
ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Gu=EDa
Guinness.
Las masas consumidoras reciben =F3rdenes en un idioma universal: la
publicidad ha
logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en
cualquier
lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el =FAltimo cuarto de
siglo,
los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a
ellos, los
ni=F1os pobres toman cada vez m=E1s Coca-Cola y cada vez menos leche, y el
tiempo de
ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre,
tiempo
prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen
televisor, y el
televisor tiene la palabra... Comprado a
plazos, ese animalito prueba la vocaci=F3n democr=E1tica del progreso: a
nadie
escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, as=ED, las
virtudes de los
autom=F3viles =FAltimo modelo, y pobres y ricos se enteran de las
ventajosas tasas
de inter=E9s que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercanc=EDas en m=E1gicos conjuntos
contra la
soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompa=F1an,
comprenden,
ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla.
La cultura del consumo ha hecho de la soledad el m=E1s lucrativo de los
mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborr=E1ndolos de cosas, o
so=F1ando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas
tambi=E9n
pueden ser s=EDmbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar
las aduanas
de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas.
Cuanto m=E1s
exclusivas, mejor: Las cosas te eligen y te salvan del anonimato
multitudinario.
La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo
hace. Eso es
lo de menos. Su funci=F3n primordial consiste en compensar frustraciones
y
alimentar fantas=EDas: =BFEn qui=E9n quiere usted convertirse comprando
esta=
loci=F3n de
afeitar?
El crimin=F3logo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle
no son
solamente fruto de la pobreza extrema. Tambi=E9n son fruto de la =E9tica
individualista. La obsesi=F3n social del =E9xito, dice Platt, incide
decisivamente sobre la apropiaci=F3n ilegal de las cosas. Yo siempre he
escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier
televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero
produce algo
tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Seg=FAn el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil
a=F1os de
vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los
primeros
cultivos, a fines del paleol=EDtico. La poblaci=F3n mundial se urbaniza,
los
campesinos se hacen ciudadanos. En Am=E9rica Latina tenemos campos sin
nadie y
enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las m=E1s
injustas.
Expulsados **** la agricultura moderna de ex****taci=F3n, y **** la erosi=F3n
de sus
tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios
est=E1 en
todas partes, pero **** experiencia saben que atiende en las grandes
urbes. Las
ciudades prometen trabajo, prosperidad, un ****venir para los hijos. En
los
campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren
bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en
tugurios, lo
primero que descubren los reci=E9n llegados es que el trabajo falta y
los brazos
sobran, que nada es gratis y que los m=E1s caros art=EDculos de lujo son
el aire y
el silencio.
Mientras nac=EDa el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunci=F3 en
Florencia un
elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crec=EDan =AB****que la gente
tiene el
gusto de juntarse=BB. Juntarse, encontrarse. Ahora, =BFqui=E9n se
encuentra
con qui=E9n?
=BFSe encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, =BFse encuentra
con el
mundo? Y la gente, =BFse encuentra con la gente? Si las relaciones
humanas han
sido reducidas a relaciones entre cosas, =BFcu=E1nta gente se encuentra
con las
cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de
televisi=F3n, donde
las cosas se miran pero no se tocan. Las mercanc=EDas en oferta invaden
y
privatizan los espacios p=FAblicos. Las estaciones de autobuses y de
trenes, que
hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se est=E1n
convirtiendo
ahora en espacios de exhibici=F3n comercial.
El shopping center, o shopping mall vidriera de todas las vidrieras,
impone su
presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinaci=F3n, a este
templo
mayor de las misas del consumo. La mayor=EDa de los devotos contempla,
en =E9xtasis,
las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minor=EDa
compradora se
somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gent=EDo,
que sube y
baja **** las escaleras mec=E1nicas, viaja **** el mundo: los
maniqu=EDes visten como en Mil=E1n o Par=EDs y las m=E1quinas suenan como
en=
Chicago, y para ver y o=EDr no es preciso pagar pasaje. Los turistas
venidos de
los pueblos del interior, o de las ciudades que a=FAn no han merecido
estas
bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las
marcas
internacionales m=E1s famosas, como antes posaban al pie de la estatua
del pr=F3cer
en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los
barrios
suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acud=EDan al
centro.
El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende
a ser
sustituido **** la excursi=F3n a estos centros urbanos. Lavados y
planchados y
peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una
fiesta
donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras
emprenden el
viaje en la c=E1psula espacial que recorre el universo del consumo,
donde la
est=E9tica del mercado ha dise=F1ado un paisaje alucinante de modelos,
marcas y
etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo ef=EDmero, condena todo al desuso
medi=E1tico. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al
servicio de la
necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser
reemplazadas
**** otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo =FAnico que permanece es la
inseguridad,
las mercanc=EDas, fabricadas para no durar, resultan tan vol=E1tiles como
el capital
que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la
velocidad de
la luz: ayer estaba all=E1, hoy est=E1 aqu=ED, ma=F1ana qui=E9n sabe, y
todo=
trabajador es
un desempleado en potencia. Parad=F3jicamente, los shoppings centers,
reinos de la
fugacidad, ofrecen la m=E1s exitosa ilusi=F3n de seguridad. Ellos resisten
fuera del
tiempo, sin edad y sin ra=EDz, sin noche y sin d=EDa y sin memoria, y
existen fuera
del espacio, m=E1s all=E1 de las turbulencias de la peligrosa realidad del
mundo.
Los due=F1os del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una
mercanc=EDa de
vida ef=EDmera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las
im=E1genes que
dispara la ametralladora de la televisi=F3n y las modas y los =EDdolos que
la
publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, =BFa qu=E9 otro mundo
vamos a
mudarnos? =BFEstamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha
vendido
el planeta a unas cuantas empresas, ****que estando de mal humor
decidi=F3
privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa
cazabobos. Los que
tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en
la cara
puede ver que la gran mayor=EDa de la gente consume poco, poquito y nada
necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza
que nos queda. La injusticia social no es un error a
corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay
naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tama=F1o del
planeta.


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