**Con la muerte de ‘Tirofijo’ no se acaban las Farc. Iluso pensarlo así.
Pero desaparece su principal mito, su fundador, su héroe, su jefe
absoluto, su última palabra. Y con él, la leyenda de su invencibilidad.***
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Editorial de "El Heraldo"
¿Descansaremos en paz?
Pocos nombres han estado ligados a la historia contem****ánea de Colombia
como ese con el que se conoció en vida a Pedro Antonio Marín: ‘Tirofijo’.
Ese nombre, para todas las generaciones nacidas desde la década de los
60 del siglo pasado, es sinónimo de Farc, que, a su vez, ha sido
sinónimo de guerra, de violencia, de ‘pescas milagrosas’, de secuestros
y de tantas otras cosas trágicas y dolorosas para los colombianos.
Imposible, en efecto, desligar ese alias con todo lo que han significado
las Farc para el país en sus últimos cuarenta años, de allí esa especie
de sentimiento generalizado de alivio que se ha manifestado desde que se
conoció la noticia de la muerte de quien lo ostentaba.
Murió ‘Tirofijo’ y su muerte se produjo en algún remoto lugar de las
vastas selvas colombianas, en medio de la espesura, lejos de cualquier
centro urbano y rodeado del sigilo de sus hombres.
Independiente de esas circunstancias, sin embargo, la muerte de
‘Tirofijo’ ocurre justo en el preciso momento en que las Fuerzas Armadas
vienen golpeando sistemáticamente toda la estructura de su Secretariado
General, diezmando sus distintos frentes y precipitando con ello una
continua deserción de sus efectivos.
**** ese motivo, el deceso de ‘Tirofijo’ tiene hoy una connotación que va
más allá de su desaparición física, para simbolizar, ahora sí, el
principio del fin de las Farc tal como las conoció el país hace pocos
años; es decir, como una tenebrosa organización militar bajo su mando
unificado.
‘Tirofijo’ se creyó inmortal, invencible, como se lo creyeron sus
lugartenientes y quiso doblegar al Estado mediante la famosa
“combinación de distintas formas de lucha”, privilegiando entre ellas a
las armas con las que pretendió someter a los colombianos.
La dureza de su rostro y la brusquedad de sus palabras encarnaban la
intransigencia y la ausencia de toda noción de piedad y de humanitarismo
de las Farc, factores que, sin duda, hicieron surgir en el país un hondo
rechazo hacia ellos y un apoyo decisivo a la política de Seguridad
Democrática del presidente Uribe.
Aunque su figura desapareció de la vista de los colombianos a mediados
del 2002, luego de la terminación de las conversaciones de paz con el
gobierno del presidente Pastrana, se sabía que continuaba como máximo
comandante de las Farc.
Pero el país también sabía que las Fuerzas Armadas le estrechaban el
cerco y que sus días empezaban a estar contados: tenía simplemente el
reloj de la historia corriéndole en contra. Las Farc, como organización
terrorista no tenían, ni tienen, lugar en el mundo contem****áneo.
Era, pues, cuestión de tiempo. O la muerte le sobrevendría, más temprano
que tarde, **** causas naturales, como al parecer sucedió; o **** acción
de las Fuerzas Armadas, como era probable que ocurriera.
En todo caso, cualquiera que haya sido la verdadera causa de su muerte,
‘Tirofijo’ murió desterrado de la Colombia actual, como un prófugo de
una sociedad muy diferente y distinta de la que lo vio surgir, a la que
se negó a entender. Y mucho menos a acercarse.
Con la muerte de ‘Tirofijo’ no se acaban las Farc. Iluso pensarlo así.
Pero desaparece su principal mito, su fundador, su héroe, su jefe
absoluto, su última palabra. Y con él, la leyenda de su invencibilidad.
No debe haber lugar para triunfalismos. El Estado debe continuar la
tarea de recuperar el monopolio legítimo de las armas, someter a todos
los grupos armados que se nieguen a ello y darle vigencia a sus leyes en
todo el territorio.
Lograr plenamente ese objetivo es la aspiración de todos los colombianos
de bien, es un deber constitucional del
Estado.
Quisiéramos, entonces, que la muerte de ‘Tijofijo’ fuera el motivo para
que las Farc entendieran que su lucha no tiene sentido y se allanaran,
**** fin, a la paz.


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